El hijo de Jean (2016)



Mathieu (Pierre Deladonchamps) tiene 33 años y durante toda su vida siempre ha tenido la incógnita de no saber quién es su padre. Un día, un desconocido le llama desde Canadá para comunicarle que su progenitor ha muerto y que tiene que entregarle el cuadro que le ha dejado en herencia. Movido por la curiosidad y las ganas por saber más sobre su otra familia, Mathieu viaja hasta Montreal, donde descubrirá que sus recién descubiertos parientes no son lo que esperaba y que allí le aguarda un territorio de lo más hostil.

Valoración: 6,932.


FICHA


Título Original: Le fils de Jean.
Director: Philippe Lioret.
Guionistas: Natalie Carter, Philippe Lioret.
Reparto: Pierre Deladonchamps, Pierre-Yves Cardinal, Gabriel Arcand, Catherine de Léan, Marie-Thérèse Fortin, Patrick Hivon, Pierre-Luc Fontaine, Emmanuelle Dupuy, Patricia Dorval.
Productores: Marielle Duigou, Philippe Lioret.
Música: Flemming Nordkrog.
Fotografía: Philippe Guilbert.
Montaje: Andrea Sedlácková.
Países Participantes: Francia, Canadá.
Año de Producción: 2016.
Duración: 98 minutos.
Calificación por Edades: No recomendada para menores de 12 años.
Género: Drama.
Estreno (España): 7 de abril de 2017.
DVD (Venta): 19 de septiembre de 2017.
Distribuidora (España): BTEAM Pictures.
Espectadores (España): 31.112.
Recaudación (España): 181.200,58 €.
Visitas: 0.
Popularidad: 53 / 71.


CRÍTICA


17-04-2017 – ANTON MERIKAETXEBARRIA

Secretos de familia

El amor, en cualquiera de sus formas, es la peor de las enfermedades. Sobre todo, cuando resulta imposible perdonar los pecados entre padres e hijos. Son dolorosos rencores que dormitan en la retaguardia de muchas familias, como en el caso de la película francesa El hijo de Jean, con una particularidad: que aquí el conflicto se centra en un joven francés que lo ignora todo sobre su padre biológico, quebequés para más señas, recientemente fallecido. El viaje que el chaval realiza a sus orígenes está narrado de forma contenida por Philippe Lioret, bien nutrido de buenas intenciones, pero al que le falta pegada.

Que todo buen padre tiene algo de madre es lo que echa de menos el protagonista de este drama paterno filial, que podía haberse manifestado con la pasión de un melodrama de Douglas Sirk (Escrito sobre el viento, 1956) o al menos de John M. Stahl (Que el cielo la juzgue, 1945), que desemboca en manos del autor de Welcome (2010) en un relato frío, analítico, filmado como si de un 'polar' típicamente galo se tratara. Así que no es fácil ver El hijo de Jean y sentirse cómodo, puesto que su máximo responsable no deja de poner barreras entre el espectador y la historia que cuenta.

La película intenta desentrañar un misterio íntimo, un enigma estrictamente personal, protagonizado por seres humanos que levantan sospechas a cada paso que dan. Lo cual deriva en un aplicado relato sobre los secretos familiares, la juventud, la necesidad de afectos y el descubrimiento de la vida, impulsada por azares, mentiras y juegos malabares. No falta tampoco alguna que otra alusión a la actual situación política en Francia y sobre la irrupción de los populismos, sin asumir riesgos, sin acabar de redondear la faena. Al final, resulta evidente que Philippe Lioret no es ni Douglas Sirk ni John M. Stahl, al no superar de ninguna manera el temible nivel de lo políticamente correcto.



23-08-2017 – ANTON MERIKAETXEBARRIA

Un padre lejano

No hay mayor dolor que el de un hijo que no es querido por su padre. Éste es el tema central de El hijo de Jean, protagonizado por un chaval francés que parte en busca de su desconocido progenitor por las lejanas tierras canadienses. A partir de ahí, la película del autor de En tránsito (1993) habla de los vínculos paternos, presentes en las relaciones familiares, de rigurosa actualidad en los tiempos que corren. Dos actores no demasiado conocidos, pero muy competentes, como son el veterano Gabriel Arcand y el joven Pierre Deladonchamps, son los encargados de dar vida a ambos personajes.

Muchos creen que la ternura es muda y, en cambio, la cursilería es exhibicionista y latosa. Esta película de Philippe Lioret tiene algo de muda, de no querer hacer ruido para no molestar, como quien se cuela de puntillas en una estancia y deja encendida una luz muy tenue, que termina proporcionando una verdadera claridad. No se me ocurre mejor definición para una película que posee la discreción, la ligereza que ilumina la profundidad. Esa armonía tan efímera capaz de recordarnos que la vida es un baile, un paseo bajo el sol. Y si sólo es eso, hagamos que sea divertido.

De ahí que, sin ser nada del otro jueves, tiene su punto una película como la presente, bien nutrida de paradojas sentimentales, propias de un corazón menesteroso de amor, pero arisco y orgulloso como un gato herido. De manera que esta película sobre padres e hijos constituye un buen ejemplo sobre una particular forma de mostrar el sentimiento paterno-filial, de describir sin cortapisas estados de ánimo, para demostrar al fin que el dolor es el principal alimento del amor, puesto que todo amor que no se alimenta con un poco de dolor muere. Tal vez por ello, El hijo de Jean nos remite de algún modo a esa terrible imagen que vimos no hace mucho de un padre sirio arrullando a sus gemelos muertos.